Por otro lado, los juguetes con frecuencia representan
el mundo de los adultos en chiquito. Es decir, hay
juegos de doctor, veterinario, carpintero, cocinero, etc.
También hay juegos de supermercado, ciencia,
carritos, etc. Entonces, por ejemplo, hornear puede ser
peligroso para un niño de tres años, pero si utiliza un
horno de juguete, que dicho sea de paso no tiene que
ser comprado, sino que puede ser cualquier caja con
tapadera, será fácil practicar lo que ve a sus padres
hacer con frecuencia.
Asimismo, jugar a bomberos, policías, doctores o
maestros les ayuda a interiorizar la responsabilidad de
estos personajes dentro de la sociedad. Estos juegos
les permiten entender a su nivel, la importancia de un
constructor, del panadero y del electricista, por poner
algunos ejemplos. Además, el juego imaginativo es el
que más estimula la creatividad. Ese juego en el cual
unas cintas son mangueras o estetoscopios y una caja
la camilla o la misma ambulancia de los paramédicos
hace pensar a los niños y les da la oportunidad de
encontrar soluciones a sus propios problemas.
Los niños tienen su propio lenguaje cuando juegan
juntos; esa relación infantil es importante para aprender
a identificarse con sus pares. Pero, si jugamos con
ellos, podemos proveerles de “insumos” del “mundo de
los adultos” para hacer más reales sus juegos. Por
supuesto, no hay que olvidar que en todo momento,
son ellos los que dirigen el juego; somos nosotros los
estamos entrando en su mundo y por lo tanto,
debemos respetar y seguir sus reglas. Aunque eso no
significa que tengamos que permanecer callados y
seguir instrucciones. Nuestros comentarios o acciones,
pueden serles útiles para aprender a tomar la presión o
trazar un plan de rescate. Podemos ayudarles mucho
a jugar de forma más organizada, a utilizar los
utensilios correctos para la función que requieren y, en
general, a entender mejor el mundo exterior.
El juego en los niños es un ejercicio de la
realidad, pero sin las experiencias previas con los
adultos no puede servir como escenario de
aprendizaje.


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Juego y socialización (Segunda Parte) por Mónica Sulecio de Álvarez Licenciada en Educación
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Socialización significa aprender a comportarse en la
sociedad y los escenarios de juego son justamente
los lugares de práctica de las relaciones sociales.
Hacer fila en el banco o el supermercado, esperar
pacientemente a que pasen los carros para continuar
la marcha, caminar por la derecha o ayudar a alguien
a cargar algo pesado son comportamientos de la vida
adulta cotidiana. Pero, ¿cuándo y cómo se
aprendieron? Pues, se aprendieron y se hicieron un
hábito en la infancia, observando lo que mamá y papá
hacían y acompañándoles e imitando su
comportamiento. Luego, esos hábitos se afianzaron y
pasaron a ser realmente propios al ponerlos en
práctica sin que nadie se los recordara. ¿Cuándo?
Mientras jugaban.
Sin embargo, el mero acompañamiento no basta.
Cuando nuestros hijos están con nosotros tenemos
una excelente oportunidad para hacerlos conscientes
de las cosas que hacemos. Podemos explicarles por
qué hacemos una fila y tenemos que esperar, así
como hacerles ver que caminamos del lado derecho y
que los demás hacen lo mismo para no chocarnos. En
casa de amigos o familiares, si ayudamos a cargar
objetos pesados, podemos hacerlos conscientes
invitándolos a ayudar también. Todas estas
experiencias que comparten con nosotros dejan una
enseñanza, pero ésta no se vuelve permanente de
forma inmediata. Es cuando el niño o la niña lo pone
en práctica en su medio de juego cuando el
aprendizaje se graba para siempre; es decir, cuando
lo ha interiorizado.
Si ha habido experiencias previas de aprendizaje con
un adulto, en los parques de diversiones, por ejemplo,
los niños debieran ser capaces de hacer una fila para
subir la escalera del resbaladero y lanzarse cuando
esté libre el camino. También, al caminar por los
puentes o túneles, debieran saber hacerlo por la
derecha. Y si alguien se cae, podrían animarse a
ayudarle a levantarse. Si con estas acciones tienen
éxito en el juego, el aprendizaje se afianza y se vuelve
permanente. Habrán interiorizado normas elementales
de convivencia social que al continuar repitiéndolas se
volverán automáticas en cualquier espacio de su vida
futura.
