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Contenido:
Comentario:
entender la realidad del mundo que les rodea.  Las compras y el
dinero son parte de esa realidad.  De tal forma, que
su intervención es crucial para que los niños y las niñas
construyan un concepto claro sobre el uso efectivo del dinero.  

Lo que compremos para nuestros hijos en los primeros cuatro
años de vida, serán un referente poderoso para su propia
decisión de compra en el futuro, pues esa preferencia en el
consumo la habrá adquirido como un hábito.

Entre los cinco y los seis años, la capacidad de comprensión de
conceptos abstractos va en aumento y es posible empezar a
introducir la diferencia entre inversión y gasto, entendida la
primera como una oportunidad para disfrutar de una gratificación
perdurable en el largo plazo que contribuya a una mayor calidad
de vida y el segundo, como un satisfactor momentáneo.  El
concepto de inversión, que también lleva implícito el ahorro,  
puede relacionarse con la postergación de la gratificación a la
que hace referencia el Dr. Goleman en su tratado sobre la
inteligencia emocional. Enseñar a los niños y a las niñas desde
pequeños a postergar la gratificación, es decir a esperar un
tiempo para obtener algo mejor, forma el carácter para ser capaz
de trazarse y alcanzar objetivos cada vez más altos. Desde
pequeños, los niños y las niñas pueden aprender a ahorrar para
adquirir algo que vayan a disfrutar por más tiempo. No es lo
mismo comprar un juguete “desechable” que dará alegría por un
tiempo que un juguete de alta calidad en la construcción y que
presenta múltiples opciones de juego.

A los cinco años, cuando los niños y las niñas ya saben contar y
están aprendiendo a sumar y a restar es un buen momento para
empezar a aprender la dinámica del dinero. La mesada, como se
conoce en Guatemala, al dinero que dan los papás a los hijos en
el mes puede ser un útil ejercicio para aprender a administrar el
dinero, enseñando al niño y a la niña que al tener dinero no
significa que deba gastarlo inmediatamente, como tampoco que
necesariamente deba acumularlo sin un fin específico.  Al recibir
una mesada, que en el caso de los niños y las niñas de
preescolar, podría ser semanalmente y en monedas, para que les
sea más fácil contar “su capital”, papá y mamá pueden orientarle
con la distribución del dinero y a decidir cuánto va a gastar y
cuánto va a ahorrar para invertirlo posteriormente.

El dinero sólo es un medio para alcanzar una mejor calidad de
vida. Es necesario porque permite el acceso a mejores
oportunidades, pero no es un fin en sí mismo. No lo olviden.
Noción del dinero (Segunda parte)
por Mónica Sulecio de Álvarez
Licenciada en Educación
Guatemala
Año 2
No. 19
¿Cuál es su propia valoración del dinero? ¿Cuál es la finalidad
del dinero? ¿Qué importancia damos al dinero? Los niños, por
imitación, adoptarán la misma actitud hacia el dinero que
observen en papá y mamá.

En este sentido, antes de enseñar a nuestros hijos aspectos
relacionados con el dinero, bien vale la pena  reflexionar primero
sobre la dimensión que le damos nosotros mismos.

La primera condición para esta reflexión es entender al dinero
como un medio para mejorar la propia calidad de vida. Esta
premisa permite colocar al dinero en lugares secundarios dentro
de la escala de prioridades, de tal forma que la calidad de vida
ocupe siempre en primer lugar, siendo el dinero  un mero
vehículo para alcanzarla. Nunca será el dinero la calidad de vida
en sí mismo.

La segunda condición, que parte de la primera, es justamente
clarificar lo que se entiende por calidad de vida. ¿Qué aspectos
conforman esa calidad de vida? ¿La calidad de los alimentos que
se consumen?¨¿La calidad del lugar donde vive la familia? ¿La
calidad de su preparación académica? ¿La calidad de las
relaciones que mantienen con el resto de personas? ¿La calidad
de los momentos de ocio y recreación? ¿La calidad del tiempo
compartido en familia?

Aunque no lo digamos expresamente, los niños y las niñas
observan nuestras decisiones y aprenden a tomar las propias a
partir de nuestro ejemplo. Cuando estas decisiones se repiten
con frecuencia, éstas se convierten en un hábito. De esta cuenta,
al decidir sobre qué alimentos comprar, por ejemplo, es común
elegir aquellos que “habitualmente” compramos. La pregunta es:
¿Contribuyen a nuestra calidad de vida? La experiencia de
acompañarnos a comprar los víveres del hogar, puede dar una
valiosa lección a nuestros hijos sobre en qué invertir el dinero. Es
una maravillosa oportunidad para enseñar a los niños y a las
niñas a comprar.  El buen juicio en la compra de los alimentos, es
un hábito que puede formarse desde la primera infancia  y que
garantizará la calidad de vida, no sólo de nuestros hijos, sino de
los hijos de nuestros hijos y de muchas generaciones más.

Los padres y las madres son mediadores de la realidad para sus
hijos.  Es decir, son los encargados de ayudar a sus hijos a