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Juego y socialización (Primera Parte)
por Mónica Sulecio de Álvarez
Licenciada en Educación
Guatemala
Año 2
No. 4
Mamás y papás se preguntan por qué sus hijos son
agresivos o no comparten con los otros niños. Una
respuesta podría ser “sus hijos no han jugado con sus
papás lo suficiente para aprender a jugar”.

Todos los comportamientos de los seres humanos
son aprendidos y a jugar también se aprende.  ¿Y
quién les enseña? ¡Los padres! Es un error reunir
varios niños para que aprendan a jugar.  Si alguno de
ellos sabe y posee altas competencias sociales, tal
vez le enseñe a los demás a jugar, pero su nivel de
madurez aún no le permitirá lidiar con
comportamientos inesperados de sus compañeros de
juego.

La primera escuela de socialización es la familia.  Es
otro grave error inscribir a los niños en un centro
educativo para que “aprendan normas de
socialización”.  Al centro educativo llegarán a poner en
práctica lo que han aprendido en la interacción de uno
a uno con cada uno de sus padres.  En el aula, el
maestro organiza actividades para desarrollar diversas
competencias en los niños, pero para que el
aprendizaje se produzca éstos ya deben poseer
competencias mínimas de relación con los demás.

La institución educativa es la segunda escuela
socializadora.  Aquí se satisface la necesidad humana
de convivir con iguales y se perfeccionan las
habilidades interpersonales adquiridas y practicadas
en el seno del hogar.

Además de que el juego es la actividad educativa por
excelencia, su función es decisiva para aprender a
relacionarse con los demás. El valor de jugar con los
padres para aprender las normas de conducta social
radica en que en primer lugar, se cuenta con los
modelos correctos.  Es decir, papá y mamá saben
compartir, esperar turno, interpretar las emociones de
los demás, ceder en beneficio del otro, etc.  En
segundo lugar, cuando se tiene un vínculo afectivo
fuerte, los hijos prefieren el modelo de sus padres. Y
en tercer lugar, cuando juegan con sus padres el
ambiente es seguro y libre de presiones; no hay
tensión ni temor, por lo que el aprendizaje se
potencia. Se sabe que la ansiedad y el temor
bloquean la capacidad de aprendizaje en los niños. En
situaciones estresantes, en las que los  los niños se
sienten intimidados por agresiones físicas o
emocionales, el aprendizaje no se produce.

Un gran reto para la personalidad centrada en sí
mismos, característica de los niños menores de dos
años es compartir. Aunque entre los tres y los cuatro
años, compartir a veces también puede ser un reto. Si
jugamos con los niños es muy fácil practicar “me
prestas tal o cual juguete, por favor”, así como “te
presto tal o cual objeto. ¡Se admirarán de lo sencillo
que es! Lo que sí toma es tiempo.  Necesitan dedicar
tiempo a jugar con sus hijos, pero no sólo a la pelota,
las luchitas o las cosquillas, sino también con juguetes
que incluyen varios objetos tales como baterías de
cocina o servicios de té, juegos de herramientas,
plasticina usando moldes, cortadores y rodillos, o  
cubos y trozos para armar.  La idea es poder “turnarse”
los objetos para practicar la noción de compartir y
respetar el turno de los demás.

En situaciones entre hermanos, es común que dos
niños tengan interés en el mismo objeto.  El primer
gran error es tener duplicados de los juguetes para que
no haya “pleitos”. Lo mejor es aprovechar la
“distractibilidad” del menor y enseñar al mayor a
ofrecerle “otras opciones” de juguetes, en el entendido
de que cuando termine de jugar con él, lo compartirá
con el hermano menor. Con niños entre tres y seis
años, turnarse los juguetes es el comportamiento
correcto. La clave es haber aprendido a compartir en la
interacción uno a uno con alguno de los padres en una
relación “madura” por llamarla de alguna manera. Los
niños necesitan aprender a distinguir entre situaciones
armónicas y situaciones “turbulentas”.  Deben aprender
a preferir las situaciones armónicas y a darse cuenta
cuando un juguete está interrumpiendo un juego
agradable con su hermano o amigo.   Al intervenir en
“peleas” por juguetes, padres y madres podemos
reforzar ideas proactivas para restaurar la armonía,
como
hacer algo diferente, dejar “descansar” al juguete,
reconocer si se tiene sueño, hambre o cansancio, etc.

Lo normal no es “no compartir”,  
lo normal es haber aprendido
a hacerlo.