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2. Ser amables pero firmes: la cordialidad es un valor que debe
reinar en nuestro trato diario. La firmeza en nuestro tono de voz y
la certeza de que las normas no son negociables (por ejemplo, al
viajar en el carro la norma es hacerlo en el asiento trasero con el
cinturón puesto y nuestros hijos deben saber que no existe otra
opción) son fundamentales para reforzar la disciplina, sin
embargo, éstas no tiene por qué reñir con la amabilidad en el
trato a los niños. La amabilidad será siempre nuestra mejor aliada
para conseguir lo que queremos que hagan.

3. Mantener claridad en las reglas: para la convivencia en el
hogar deben existir reglas mínimas que debemos seguir.  Estas
reglas deben ser lo suficientemente breves y claras para que
puedan ser entendibles, no den lugar a discusiones y puedan
verificarse fácilmente.   Es mucho más claro decir, por ejemplo,
“al visitar la casa de los abuelos nos mantendremos alejados de
los adornos de su sala” a decir “al visitar al casa de los abuelos
nos portaremos bien”.  “Portarse bien” no es una meta clara ni
fácilmente comprobable ya que implica distintos tipos de
comportamiento, desde saludar y ser serviciales, hasta depositar
la basura en su lugar.

4. Cerciorarse de que las consecuencias sean claras: no seguir
una regla implica una consecuencia. Quebrar alguno de los
adornos y entristecer a los abuelos por la pérdida de algún objeto
valioso, debería ser la consecuencia que se pretende evitar a
toda costa y el motivador principal para respetar la norma de
jugar en el jardín y no en la sala.

5. Respetar la dignidad del niño/a: al corregir a nuestros hijos es
muy importante respetar su autoestima e individualidad, así como
su condición de ser inmaduro con razonamientos lógicos muy
diferentes a los de los adultos.  Por ello, al tratar de extinguir
algunos comportamientos indeseables es importante explicar
claramente el porqué de nuestro interés en que dejen de hacer
tal o cual cosa.  Enseñar poco a poco a razonar sus acciones.  
Gritos, golpes o cualquier castigo corporal son formas de abuso
infantil y métodos poco eficaces que deterioran la relación con
nuestros hijos.

Al disciplinar revisemos bien nuestro propio comportamiento de
manera que nosotros mismos estemos siendo ejemplo de razonar
las consecuencias, de ser claros en lo que pedimos, de proponer
más que imponer, de potenciar más que limitar, y por
supuesto, de respetar la dignidad de los demás y de ser
amables para que ellos también lo sean.
Disciplina (Primera Parte)
por Mónica Sulecio de Álvarez
Licenciada en Educación
Guatemala
Año 3
No. 3
Antes que nada, vale la pena entender que disciplina no es
sinónimo de castigo o represión, regaños ni castigo físico.

Disciplina es una cualidad que nos permite tener control de
nuestras acciones y emociones para ser más efectivos en la vida.

Como padres de familia, nuestra meta es ayudar a nuestros hijos
a educar su voluntad con el fin de que sean capaces de vivir
dentro de las normas de la sociedad de forma autónoma, así
como a ser capaces de discriminar aquello que potencie su
desarrollo de lo que no, para aprovechar al máximo sus
experiencias de vida.

Si bien el ideal de todo padre o madre de familia es tener una
relación armónica con sus hijos y una interacción de confianza,
siempre debe mantenerse la jerarquía lógica dentro de la familia,
en sentido de que por muy amigos que seamos de nuestros hijos,
seguimos siendo sus padres y nos corresponde a nosotros la
labor de definir reglas para la convivencia familiar y poner límites
a las conductas de los niños. Los niños necesitan que ejerzamos
nuestra función orientadora para dar estructura a sus vidas,
marcando claramente las pautas de comportamiento adecuadas.

Esto no significa que nos comportemos de manera autoritaria
imponiendo lo que debe hacerse, sino por el contrario, que
orientemos sus decisiones para que ellos mismos reflexionen
sobre sus comportamientos y se fijen sus propios límites. Al hacer
esto ayudamos a formar en ellos el juicio crítico que les permita
cada vez más autonomía en sus decisiones y nos brinde a
nosotros la tranquilidad de que sus decisiones serán las más
adecuadas.

La disciplina asertiva es la forma directa, sincera y justa de guiar
a nuestros hijos hacia el comportamiento adecuado.  Para educar
con disciplina asertiva, vale la pena tener en cuenta los
siguientes aspectos:

1. Educar en el sí y no tanto en el no: esto significa no repetir
todo el día “no hagas/digas tal o cual cosa” sino más bien ofrecer
alternativas atractivas para detener el comportamiento
inadecuado.  Recordar a los niños qué es lo que sí pueden hacer
(hazlo suave, lento, con cuidado, etc.) y cómo pueden hacerlo.  
La idea es fomentar su autonomía y sus logros.