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que intervenir. Incluso puede pedirse al niño o a la niña que elija
entre decidir él o ella mismo/a dejar de hacer lo que está
haciendo o que sea papá o mamá quien lo retire. Si es él o ella
quien decide, difícilmente habrá una situación de llanto, pero si es
el padre o la madre quien lo retira, con seguridad llorará para
demostrar su enojo.
Una forma de abordar la situación es antes que nada llenarse de
paciencia y tranquilidad y no intentar “evitar” que llore. Padres y
madres regularmente recurren a “chantajes” diciendo al niño o al
niña que si deja de llorar van darle una golosina o van a
llevarlo/la a algún lugar especial. Esto lo único que hace es que
el niño o la niña aprendan a utilizar el llanto como una forma de
obtener mayores gratificadores materiales.
Cuando un niño o niña llora por frustración porque un adulto ha
evitado que haga algo, lo mejor es, con suficiente tranquilidad y
paciencia, esperar a que la explosión de frustración pase. El niño
y la niña necesita “airear” sus emociones, pero quien lo
acompaña debe ayudarlo a calmarse y a reflexionar sobre la
situación. ¿En niños menores de seis años? Sí; en niños y niñas
menores de seis años. En el caso de los bebés posiblemente un
abrazo baste para comunicarle que entendemos su frustración y
que estamos a su lado para superarla, pero mientras más
mayores sean, la ayuda de los padres y cuidadores consiste en
ayudarle a pensar sobre lo que está haciendo, explicarle por qué
se intervino y darle opciones. “¿Por qué lloras? No puedes jugar
con mis tijeras de la manera como lo estabas haciendo. Tienen
una punta muy afilada. Puedes lastimarte con ellas. Pensemos
qué puedes hacer que te haga sentir mejor… Dime con qué otra
cosa te gustaría jugar. ¿Quieres que busquemos tus tijeras para
que puedas recortar con ellas?...”
Este tipo de intercambio potencia el autocontrol. Le ofrece al niño
y a la niña herramientas para controlar y canalizar de manera
efectiva sus emociones; presenta la oportunidad para saber lo
que puede y no puede hacer y los riesgos que implican algunos
objetos o situaciones; y, ejercita la búsqueda de alternativas para
la resolver situaciones conflictivas.
Disciplinar no significa exclusivamente hacer que obedezcan, sino
ayudarles a razonar sobre sus acciones, analizar situaciones de
riesgo, tolerar frustraciones y resolver problemas de manera
efectiva.
Disciplina (Segunda Parte) por Mónica Sulecio de Álvarez Licenciada en Educación
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La tarea de los padres y las madres a la hora de hablar de
disciplina no se limita a lograr que sus hijos obedezcan y sigan
sus mandatos, más bien se trata de ayudarles a aprender a
controlar sus impulsos, manejar la frustración y discernir de forma
autónoma entre lo que pueden y no pueden hacer: entre lo que
conviene que hagan y lo que no. ¿En un niño de dos años?...
Suena extraño que esto pueda lograrse a tan tempranas edades,
pero es desde los primeros días de nacido cuando se empiezan a
dar las pautas para que el/la bebé vaya reconociendo sus límites
y vaya interiorizando las consecuencias de sus acciones.
¡¿Cómo?!
Antes de aprender a hablar, los bebés pueden reconocer en el
rostro de sus padres y cuidadores expresiones de
desaprobación, por ello, cuando el bebé muerde a la madre que
amamanta, por ejemplo y ella lo retira inmediatamente y le dice
que eso no debe hacerlo sin cólera pero con firmeza y el rostro
serio, el bebé entenderá que morder no es una opción y que su
madre se molesta si lo hace.
De tal manera que cuando el bebé se entrega a alguna actividad
peligrosa que pone en riesgo ya sea su integridad física o la de
las demás personas, animales y objetos que están a su
alrededor, una frase corta expresada con firmeza y el rostro serio
son suficientes para darle a entender que lo que hace es
inadecuado. Vale la pena hacer la observación de que antes de
los dos años, la mejor estrategia para evitar que los bebés sigan
haciendo algo que no les permitimos es distraerlos con otra
actividad más atractiva. Su limitada capacidad para concentrarse
por largos períodos de tiempo hace que sea fácil interesarlos en
otra actividad “mejor” y más estimulante. Al hacerlo, se evitan las
terribles luchas de poder que no conducen a nada positivo. Si a
pesar de los intentos por desviar su atención a actividades
diferentes, el bebé insiste en lo que está haciendo, entonces
habrá que recurrir a impedírselo con firmeza. ¿Llorará? Por
supuesto que lo hará, pero no podemos permitir que corra el
riesgo de lastimarse o de lastimar a otros. ¿Y si llora entonces
qué?
El llanto, de los 0 a los 6 años, es el recurso de los niños y de las
niñas para manifestar su frustración. En los niños mayores, la
distracción con elementos o situaciones nuevas ya no es un
recurso para desviar la atención. Con ellos es mejor plantear los
motivos para evitar que sigan haciendo lo que están haciendo.
No obstante, si la persuasión no funciona, entonces hay
