Cuando derrama algo o coloca algo en mala posición,
en vez de decirle “¡Tonto/a (inútil, etc) cómo no te fijas!”
que seguramente la/lo hará sentir peor, pues el hecho
de haber fracasado en su intento ya es suficiente para
sentirse mal, una forma positiva de abordar la situación
es nuevamente describirla, indagar la causa y tomar
acción: “¡Se regó el agua! ¿Qué pasó? ¿Cómo se regó?
Ten cuidado de no mojarte.  ¡Vamos a limpiar!”.  Si
olvidó saludar en vez de decir “¡Qué feo/fea que no
saluda”, recordarle con un simple “Pablo, ¿saludaste a
tu tío?” o “Karla, ¿saludaste a tu abuela?”.

En fin, diariamente vivimos con nuestros hijos infinidad
de situaciones. Lo importante es recordar que al
corregir un comportamiento no debemos “etiquetar” al
niño o a la niña sino describir el comportamiento que
demostró en ese momento y hacer ver las
consecuencias negativas que tuvo o que pudo tener. De
esta forma, le ayudamos a formar una personalidad
sólida apoyada en valores y habilidades que le hagan
sentirse valioso, así como estar en control de su
comportamiento.

En tiempos pasados se criticaba mucho la curiosidad
de los niños y de las niñas; lo evidencia el dicho “la
curiosidad mató al gato” y el énfasis de algunos
cuentos en no ser “preguntón”.  Actualmente, la
curiosidad y la constante búsqueda de respuestas son
cruciales dentro del proceso de aprendizaje y de
desarrollo personal. Por ello, es especialmente
importante que los padres y las madres sepan
distinguir entre un comportamiento inadecuado que
puede implicar violencia o destrucción y un
comportamiento motivado por la curiosidad y la
necesidad de averiguar. Tener clara esta distinción
permite tomar acciones positivas para encauzar ambos
comportamientos.

Las etiquetas personales que damos a nuestros hijos
en sus primeros años de vida son peligrosas, al
utilizarlas damos a entender a nuestros hijos que “así
son” y a esa edad, asumen que no pueden hacer
mucho al respecto, sino vivir en congruencia
con el calificativo que les han puesto.
© Derechos reservados, 2004-2006.
Califique este artículo:
La opinión de los lectores es muy importante para ofrecer contenidos de calidad, así
como para personalizar los artículos y satisfacer mejor sus necesidades de
información.  Por favor, califique este artículo según la siguiente escala e incluya sus
comentarios.  Gracias.

               (Escala: *** Excelente, ** Bueno, * Regular)
Contenido:
Comentario:
Cuidado con las etiquetas que colocamos
a nuestros hijos
por Mónica Sulecio de Álvarez
Licenciada en Educación
Guatemala
Año 2
No. 9
Los seres humanos nacemos con millones de“No
seas traviesa”, “Qué sucio eres”, “¡Fea!”, “¡Menso!”, “Tú
no puedes. Deja; lo hago yo”.  Todas estas
expresiones y otras más las he escuchado decir los
padres y las madres a sus hijos o hijas.  Son
expresiones, lamentablemente bastante comunes
pero que en los primeros años de vida minan la
personalidad de los niños y las niñas.

En la etapa de los primeros años, hay dos elementos
cruciales para el desarrollo. El primero es que a esta
edad, la construcción de la imagen de sí mismos
depende mayoritariamente de los comentarios que
sobre ellos hacen su madre, su padre y sus
cuidadores. Los niños y las niñas hacen propias las
cualidades que les atribuyen los mayores y tratan de
ser congruentes con esa “etiqueta” que les han
puesto. De esta cuenta, si al niño o a la niña le
decimos que es travieso/a, se identificará con su
etiqueta y, con sus acciones, tratará de demostrar
que efectivamente lo es.

Antes de los seis años, los niños y las niñas buscan
referentes de “cómo son” para adoptarlos y vivir de
acuerdo con ellos. Su pensamiento interno aún está
desarrollándose y no son capaces de reflexionar sobre
las valoraciones que escuchan.  Sencillamente dan
valor a lo que dicen de ellos las personas a quienes
más aman, y lo aceptan como verdadero.

La verdad es el segundo elemento en la etapa de la
primera infancia. Los niños y las niñas siempre
asumen que les decimos la verdad. Su
comportamiento también es verdadero y en su lógica,
éste debe ser igual a lo que los demás creen de ellos
para que lo que escuchan sea verdadero. ¿Qué
pasaría si les dijéramos que son hábiles, valientes o
perseverantes?

Por supuesto hay situaciones en las que no merecen
precisamente un elogio. Entonces, cuando no
aprobamos su comportamiento, ¿qué les decimos?
Hay que describir el comportamiento pero no describir
su persona.  Es decir, si se ensució la cara, por
ejemplo, en vez de decirle ¡Qué sucio/a eres, ve a
lavarte!”, lo cual lo/la califica directamente, podemos
decir “Se ensució tu cara. ¿Qué estabas haciendo? Te
ves mejor con la cara limpia. ¡Vamos a lavarnos!”.