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Por otro lado, interesa enseñarle a buscar opciones para salir
pronto de ese estado emocional que no le está permitiendo
desenvolverse mejor. Si llora porque quería algo que no le pudo
ser concedido, puede describirse la emoción diciendo algo como
“sí, entiendo que te sientes frustrada(o) porque no conseguiste lo
que querías, pero aquí hay algo mejor para ti…”.
Al intentar consolar a un niño o una niña la estrategia debe ser
siempre describir la emoción que está experimentando y darle
opciones para que salga de esa emoción. Juicios tales como “tan
llorón” le ponen una etiqueta a la cual va a responder en
posteriores oportunidades: “si me dicen que soy llorón, debo
demostrar que así es”. Cuidado con lo que se dice, entonces. Si
lo que se dice no construye positivamente la personalidad del
niño o de la niña es mejor no decirlo.
Tampoco vale la conocida expresión “¡Ay! Por eso no se llora”.
Cada uno de nosotros tenemos nuestra manera particular de
evaluar las situaciones y darle valor a las cosas. Lo que para uno
puede no ser importante, para otro sí, y ese principio debe ser
respetado aún desde la más tierna infancia. Cuando se es niño o
niña, las situaciones tienen dimensiones mucho mayores que
cuando se es adulto. De manera que si el niño o la niña se
golpeó, tiene derecho a llorar si le dolió aunque para los adultos
parezca que “no fue nada” o que “no fue para tanto”.
Finalmente vale la pena reflexionar sobre el mensaje que se está
comunicando a la niña cuando se le dice “las niñas bonitas no
lloran”. ¿Qué significa eso? ¿Que si se es bonito se pierde el
derecho a llorar? Ser bonito y llorar no tiene relación alguna.
Tampoco tiene cabida el mensaje “los machitos no lloran”.
¿Quién lo dice? Los hombres tienen tanto derecho de llorar como
las mujeres como seres humanos que son. Es muy delicado
enviar estos mensajes a los niños y las niñas pues se corre el
riesgo de enseñarles a no expresar sus emociones cuando todos
tenemos derecho a hacerlo y a llorar en algún momento de
nuestras vidas. Lo importante es ayudar a los niños y a las niñas
a aprender desde pequeños a sobreponerse a la emoción que
provocó el llanto y a encontrar opciones positivas que les
permitan seguir adelante.
Las niñas bonitas no lloran y los machitos, tampoco por Mónica Sulecio de Álvarez Licenciada en Educación
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Cuando de educar se trata, lo que se les dice a los niños y a las
niñas debe verdaderamente tener fundamentos válidos, pues lo
que en esencia se está haciendo en ese intercambio es formar su
razonamiento, la manera como analizarán las situaciones y ante
todo, la respuesta emocional que darán a ellas.
El llanto puede provocar cierta incomodidad a los padres,
posiblemente porque se sienten mal de contrariar a sus hijos,
porque sienten que no están siendo buenos padres al satisfacer
las demandas del niño o de la niña, porque se sienten impotentes
al no entender exactamente qué es lo que su hijo/a desea, o
sencillamente porque les molesta el ruido. También puede
suceder que se sientan avergonzados de que todas las miradas
se vuelvan hacia ellos en un lugar público cuando su hijo/a llora.
¡Y vaya si el llanto no hace voltear miradas! De hecho, los niños
lloran porque necesitan atención y esa es su manera de
comunicarla. Cómo dar esa atención es la parte crucial de la
labor educativa.
Para tratar de calmar a sus hijos, padres y madres recurren a
todo tipo de estrategias, en algunos casos oportunas, pero en
otros, poco formativas.
Lo primero que hay que entender es que “llorar está bien”
cuando se es niño o niña. Es su mecanismo de defensa, su
recurso para comunicar sus emociones, sentimientos y
sensaciones. En los meses posteriores al nacimiento, el llanto
constituye prácticamente el único recurso de comunicación del/la
bebé, pero en la medida en que va apropiándose del lenguaje,
con la ayuda de sus padres, puede ir verbalizando lo que siente
en vez de llorar.
¿En qué consiste la ayuda de los padres? En los primeros dos
años, cuando el niño o la niña llora, los padres pueden describir
la emoción que pareciera que el/la bebé está exhibiendo en ese
momento, diciéndole por ejemplo, estás molesto porque se cayó
tu vaso, pero vamos a recogerlo y limpiarlo y estará listo para que
puedas seguir bebiendo.
La idea es ayudarle a ponerle un nombre a la emoción que está
experimentando y que en ese momento sólo puede comunicar
con llanto para que vaya conectando las palabras con las
emociones y pueda ir aprendiendo poco a poco a describirlas.
