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La dinámica en las edades mayores puede seguir siendo la
misma: padres y madres ponen frente a sus hijos el estímulo y
permiten que sean sus hijos quienes definan su objetivo y se
esmeren por conseguirlo.

Cuando los intentos por conseguir lo que se espera no están
dando resultados, pueden desencadenarse sentimientos de
frustración, molestia y enojo. Suele suceder que los bebés
abandonan la tarea y siguen con algo más, aunque luego la
retomen. Otras veces, cuando la voluntad del bebé está
adquiriendo más fuerza, surgen los berrinches (rabietas). Esperar
que pase la explosión de frustración es lo mejor, pues no es
posible ayudarle en ese estado alterado. Al estar calmado y
quizás dedicado a otra cosa, puede atraerse nuevamente su
atención hacia el objetivo anterior y modelar lo que debió haber
hecho para obtener lo que deseaba: ensartar algún juguete, por
ejemplo.

En el caso de los niños y las niñas mayores, la frustración
también puede desencadenar manifestaciones descontroladas de
inconformidad, enojo e intolerancia. La mediación del padre o la
madre en estos momentos será lo que irá formando poco a poco
en su hijo o hija una personalidad equilibrada y perseverante.
Con serenidad, papá o mamá pueden ayudarle a calmarse:
respirando,  contando hasta diez o sugiriendo otras estrategias,
si aún no se ha desencadenado el berrinche.

Lo primero es entender que a la edad de 3, 4, 5 ó 6 años, la
frustración se vive muy intensamente. En la mediación, papá o
mamá reconocerán que es muy molesto que la torre se caiga
cada vez que intentamos pararla, pero que hay que buscar
opciones para que no nos moleste y por supuesto, para que no
se caiga. “Probemos de esta manera y si se cae, la volveremos a
levantar pero veremos qué cosa distinta haremos para que no
vuelva a suceder” sería una posible respuesta. Al modelar una
conducta propositiva, se está sentando un precedente para que
en el futuro, el niño o la niña haga lo mismo.

Son los momentos de acompañamiento de los hijos en sus
actividades de juego los que mejor pueden aprovecharse para
ayudarles a formar su carácter e ir construyendo poco a poco
actitudes que les ayuden a ser mejores personas con el paso del
tiempo.
¿Cómo se aprende la perseverancia?
por Mónica Sulecio de Álvarez
Licenciada en Educación
Guatemala
Año 4
No. 6
Se sabe que es en los primeros seis años de vida cuando niños y
niñas, ayudados por sus padres, tienden las bases para su
desarrollo cognitivo, emocional, moral y social. Asimismo, se
reconoce que las competencias que caracterizan al ser humano
como tal son aprendidas. Es decir que todos aprendemos a ser
seres humanos básicamente imitando modelos en los inicios de
nuestra vida.  

Los valores y las actitudes también se aprenden, por lo que
padres y madres necesitan estar muy atentos en la relación que
mantienen con sus hijos e hijas para ayudarles a consolidar
valores y actitudes que potencien su desarrollo a lo largo de la
vida.

El ser perseverante es una actitud de vida que permite alcanzar
las metas trazadas. Es una actitud que construye un espíritu
búsqueda de mejores opciones hacia la consecución de un
objetivo; es la motivación a intentarlo las veces que sean
necesarias para lograr aquello que se desea.

Al observar el comportamiento de los bebés desde que nacen, es
fácil darse cuenta de que aún siendo tan pequeños, demuestran
una actitud perseverante y es esa perseverancia justamente la
que les ayuda a ir poco a poco aprendiendo a controlar sus
movimientos a voluntad y a darle tonicidad a su  musculatura.
Cuando el/la bebé tiene frente a sí un juguete, intentará tomarlo
con la mano. Si aún está desarrollando el movimiento de su brazo
y sus dedos, seguramente lo intentará varias veces hasta
conseguirlo. Haberlo alcanzado y tomado con su mano se
convierte en el motivador para hacerlo de nuevo.  

¿Cómo entonces mantenemos alto el valor de la perseverancia
en los niños y las niñas a lo largo de su desarrollo? Si prestamos
atención al comportamiento natural de los bebés en sus primeros
meses de nacidos, observaremos que son el trazarse objetivos y
el logro de los mismos los elementos clave para estimular la
perseverancia. Querer realmente conseguir algo es una
motivación poderosa que impulsa a intentarlo muchas veces y de
distintas maneras para lograrlo.

En el caso de los bebés, la motivación es personal; no hay una
solicitud de expresa de los adultos para que hagan algo,
sencillamente hay un estímulo y los bebés se vuelcan hacia la
consecución de sus propósitos.