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A algunos padres podría parecerles raro platicar con su bebé si
aún no sabe hablar, pero lo que sí sabe es prestar atención y
aprender. Por eso, cuando platican con su bebé, lo que están
haciendo es ayudándole a aprender a hablar.
La buena conversación es una de las actividades más gratas del
ser humano. Si encontramos un interlocutor ameno que nos
cuente anécdotas interesantes o nos exponga ideas fascinantes
y que además escuche nuestros aportes, podríamos pasar horas
conversando.
Los bebés son interlocutores fascinantes, quizás no nos cuenten
anécdotas curiosas ni expongan ideas extraordinarias, pero sí
nos prestan atención. Están atentos a nuestra conversación, a
nuestras expresiones faciales y movimientos. Además, poseen
una empatía natural que los hace conectarse con nuestros
sentimientos, de tal forma que si les contamos algún suceso feliz
y nos observan felices, ellos también demostrarán felicidad. Por
el contrario, si estamos tristes y compartimos con ellos algún
suceso triste con lágrimas en los ojos, posiblemente también
harán pucheros para sintonizar con nosotros. Aún no saben
pronunciar palabras, pero sí saben lo esencial en una
conversación: escuchar y sintonizar.
También, al platicar con el bebé o la bebé, el hacer pausas para
permitirle intervenir de manera que se convierte en una
verdadera conversación, le demuestra que la comunicación
verbal es de dos vías: cuando uno habla, el otro escucha; luego
el que escucha tiene la oportunidad de hablar y el otro de
escuchar. Cuando el bebé o la bebé empieza a balbucear es muy
fácil traducirle sus balbuceos y decir por ejemplo, “¡Ah sí! Fuimos
a casa de la abuelita. ¿Y qué nos tenía preparado la abuelita? …
Sí, puré de manzana. ¿Te gustó? … Claro porque le puso azúcar
y canela y así le queda delicioso, ¿verdad? …. Ah, sí, también te
gustó la periquita nueva. Es linda. … ¿Hacía mucha bulla? Ah,
bueno, es que así se comunican ellas…”
Conversar es fascinante y platicar con los bebés es mucho más
fascinante aún.
Tendremos un bebé, alguien con quien platicar... por Mónica Sulecio de Álvarez Licenciada en Educación
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En el vientre materno, el sentido que más se desarrolla es el oído
por los estímulos que recibe: dentro, el bebé escucha los sonidos
de los órganos de su madre, así como los sonidos externos de las
voces, la música, la televisión y demás. Principalmente, escucha
la voz de su madre, la cual memoriza y puede reconocer desde el
primer segundo de nacido. De igual forma, si ha escuchado con
frecuencia la voz dulce de su padre, también podrá reconocerla y
sentirse cómodo cuando la escucha.
La voz será por tanto, desde antes del nacimiento un vínculo para
establecer contacto y estrechar la relación entre padres, madres
e hijos. La voz dulce y calmada puede ayudar a consolar al bebé
cuando llora, si la escucha en la distancia le permite saber que
sus padres están cerca y sentirse confiado. Cuando le hablan
mientras lo cambian o lo alimentan, empieza a entender que esos
sonidos que escucha deben servir para algo e intentará imitarlos.
Al hacerlo, se da cuenta además que es divertido producir esos
sonidos y entonces, tendremos en casa a un activo interlocutor.
Hablarles a los bebés desde el vientre materno los familiariza con
el sistema de comunicación inteligente que sólo los seres
humanos tenemos la capacidad de utilizar para expresarnos y
entendernos. En condiciones normales, el cerebro del bebé está
en capacidad de descifrar, por decirlo de alguna manera, ese
código de comunicación y utilizarlo en sus distintas
combinaciones para expresar sus ideas. Si bien, el desarrollo
completo del habla no se logra hasta después del segundo año
de vida, el intercambio diario que el bebé o la bebé tiene con sus
padres cuando platican con él o con ella, le permite “grabar”
sonidos, palabras, frases, expresiones y entonaciones para
utilizarlas posteriormente. Además, poco a poco va asociando
esos sonidos, palabras y frases con un significado.
Si platicamos con el bebé desde antes de que nazca, él o ella
saben, por el cambio de tono en la voz que es a él o a ella a
quien nos estamos dirigiendo. Ese cambio de tono y ritmo le atrae
y hace un esfuerzo por concentrarse en él.
