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elementos de la naturaleza por parte de los jóvenes los está
llevando a evitar las carreras científicas. ¿La tarea de los padres
para alentar la vocación científica? Promover y mantener viva la
curiosidad innata de los niños y de las niñas. ¿Cómo? Prestando
atención a sus preguntas y mostrando un genuino interés por los
“misterios” que desean develar. Incluso, proponiendo nuevas
preguntas para profundizar en su investigación. ¿Y cuando no
preguntan? ¡Preguntarles! “¿Por qué crees que esto sucedió?
¿Por qué crees que está así? ¿De qué crees que está hecho?”.
La potenciación de esta etapa infantil en la que están interesados
por entender el mundo ayuda a formar el hábito de entender
completamente las situaciones, tarea crucial para la resolución de
problemas. Para resolver un problema no basta con tener la
información correcta, es necesario entenderla completamente y
entender las relaciones entre un elemento y otro para encontrar
la salida correcta.
El aprendizaje se construye ladrillo sobre ladrillo, esto significa
que el nuevo aprendizaje se logra gracias a que hay otros
aprendizajes anteriores que le sirven de sustento; a su vez, este
nuevo aprendizaje será la base para aprendizajes posteriores y
así sucesivamente. Por esta razón, las respuestas que se dan a
las preguntas de los niños deben ser totalmente ciertas de
manera que puedan servir de cimiento sólido para nuevos
aprendizajes. Hablar con la verdad es fundamental en esta etapa
no sólo porque potencia la adquisición de conocimientos
superiores en el futuro, sino porque también construye confianza
en la relación. Si se desconoce la respuesta, la mejor opción
también es decir la verdad: “no sé”, pero ofrecer la posibilidad de
“averiguar” en alguna fuente de información confiable.
También es importante que la pregunta sea atendida
inmediatamente pues es en ese momento que el niño o la niña
están interesados en resolver el problema y puesto que toda su
atención y energía la está dirigiendo a esa situación en particular,
el aprendizaje también será permanente. Todo aquello que se
aprende se aprende mejor cuando es de interés para quien
aprende, por eso, estos minutos de curiosidad e interés
espontáneos son los más valiosos para dejar en los niños y las
niñas conocimientos duraderos.
Siempre se ha dicho que la primera infancia es la arena de
práctica para el desempeño en la vida adulta. La “edad de los
porqués” es la época de entrenamiento para entender el mundo.
¿Y por qué? por Mónica Sulecio de Álvarez Licenciada en Educación
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En la primera infancia padres y madres no sólo enseñan a sus
hijos a caminar, comer solos, hablar e ir al baño, sino también les
enseñan a pensar.
Destrezas motoras como caminar y comer solos que suponen la
maduración del sistema nervioso y el control de los músculos
para mantener el equilibrio, así como la habilidad de orientarse
en el espacio, del cálculo de las distancias, entre otros aspectos,
son “sencillas” hasta cierto punto. Aprender a pensar, por su
parte, es una actividad compleja que es aún motivo de
investigación y que si bien podría tener sus bases en los primeros
años de vida, el desarrollo del pensamiento se extiende durante
toda la vida.
¿Pero cómo enseñan padres y madres a sus hijos a pensar?
¿Cómo estimulan las destrezas del pensamiento que les
acompañarán el resto de su vida y les permitirán niveles más
altos de pensamiento?
El desarrollo del lenguaje es un avance en el nivel de desarrollo
del pensamiento. Cuando los niños y las niñas han logrado cierto
dominio del lenguaje que les permite darse a entender por
completo, las interrogantes sobre el mundo que les rodea
empiezan a surgir. Entre los tres y los cuatro años despierta en
ellos la necesidad de entender exactamente su relación con el
entorno; necesitan entender para qué sirven las cosas y por qué
funcionan de tal o cual manera. A esta etapa del desarrollo se le
llama comúnmente la época de los “porqués” ya que a los niños
constantemente les surgen dudas sobre distintas cosas y
fenómenos, y entonces preguntan a quienes consideran “los que
todo lo saben” (papá y mamá): “¿por qué?”.
La curiosidad de los niños y de las niñas en la primera infancia es
extrema. Quieren conocerlo todo y por sobre todo, entenderlo
todo. Viven conscientes de lo que los rodea, buscando
explicaciones que les permitan entender las relaciones entre una
cosa y otra, un fenómeno y otro. De esta cuenta, no es extraño
que su interés desencadene una gran lista de “porqués”.
Preguntar es parte de aprender a pensar y más importante, de
aprender a aprender. Es una actividad que debe fomentarse por
todos los medios puesto que el éxito en la vida depende
justamente de la capacidad de aprendizaje para adaptarse a
nuevas circunstancias.
En la comunidad científica se escucha la preocupación de que la
falta de curiosidad e interés por las relaciones entre los
