© Derechos reservados, 2004-2007.
Califique este artículo:
La opinión de los lectores es muy importante para ofrecer contenidos de calidad, así como para personalizar los artículos y
satisfacer mejor sus necesidades de información.  Por favor, califique este artículo según la siguiente escala e incluya sus
comentarios.  Gracias.

        (Escala: *** Excelente, ** Bueno, * Regular)
Contenido:
Comentario:
De la fuerza de este amor que se consolida en los primeros
meses de vida, depende que el bebé se anime a separarse de
sus padres para explorar nuevos entornos como cuando ya sabe
gatear o caminar.  Esta relativa independencia se fundamenta en
la seguridad de que sus amores están cerca y de que puede
volver a ellos cuando lo desee, gracias al desarrollo del sentido
de permanencia del objeto. Esto significa que mientras antes de
los seis meses, pensaba que si no veía a sus padres, nunca más
volvería a verlos, ahora sabe que aunque les pierda de vista,
habrá después un momento de reencuentro.

Esta seguridad en el vínculo o relación afectiva con sus padres
les sirve de apoyo para curiosear y aprender acerca de su
entorno. Son seguros de sí mismos y de sus capacidades, por lo
que al ser un poco más grandes, se animan a ofrecer ayuda; se
muestran colaboradores y mantienen generalmente una actitud
positiva frente a los retos o problemas que deben afrontar;
caminan con paso firme y determinación; y, se tambalean o
titubean con poca frecuencia. En la vida adulta, este hábito que
se forma apenas en los primeros tres o cuatro años de vida, es
fundamental para ayudarles a tener éxito en lo que emprenden.

Por otro lado, el amor que desarrolló inicialmente por sus padres,
hace que el niño o la niña en la primera infancia les vea como
autoridades, respete lo que dicen y les considere la principal
fuente de conocimiento y referencia.  En una palabra, para los
niños y las niñas que lograron desarrollar lazos afectivos fuertes
con sus padres en los primeros meses de vida, ellos son sus
“héroes”.

Finalmente, al haber aprendido a amar en una relación de afecto
mutuo, de seguridad y confianza, ése será el modelo que utilizará
en las relaciones afectivas que vaya construyendo a lo largo de
su vida, con sus familiares cercanos, sus amistades y finalmente
con su pareja y sus hijos en la vida adulta.

El amor es un hermoso sentimiento de la raza humana. Es un don
maravilloso que permite ascender a niveles superiores de
espiritualidad, no obstante, aunque este sentimiento viene con
cada ser humano que nace, la capacidad para desarrollarlo y
expresarlo de manera plena depende de los modelos que se
tienen en la infancia y del vínculo afectivo que haya logrado
establecer en los primeros meses de vida con sus padres.
Los primeros amores
por Mónica Sulecio de Álvarez
Licenciada en Educación
Guatemala
Año 3
No. 18
Desde el vientre materno, el/la bebé empieza a asociar los
sonidos de las voces de mamá y papá con una sensación
agradable de calma y bienestar.  Al nacer, recuerda esas voces y
al escucharlas, vuelve a sentir la misma calma y el bienestar que
sentía dentro de su madre. Pronto se da cuenta de que esas
voces pertenecen a dos seres maravillosos que en cuanto siente
hambre le proveen alimento, que le acomodan en distintas
posiciones para que se sienta a gusto, que le limpian para
hacerlo/a sentir fresco, le arropan para que no pase frío y le
abrazan para que no extrañe la calidez del vientre donde pasó
tanto tiempo. ¡Cómo no enamorarse de esos seres maravillosos
que le hacen sentir tan bien! ¡Como no amarlos y desear estar
con ellos todo el tiempo!

Los primeros amores de los seres humanos son los propios
padres en los primeros meses de vida.  No obstante, este amor
no se da automáticamente ni es inherente en los y las bebés. Ese
amor depende de la calidad de respuesta que reciben hacia sus
necesidades.  No se trata de sobreprotección. En los primeros
meses de vida no puede haber sobreprotección, pues el/la bebé
es completamente indefenso y dependiente, por lo que
efectivamente necesita una buena dosis de atención y la pronta
satisfacción de sus necesidades.

Ese amor que los bebés desarrollan por sus padres es el que les
hace llorar sin consuelo cuando a los seis meses llegan invitados
a su casa y adultos extraños le cargan separándole de su madre
o de su padre, aunque sea por unos instantes. Aún no
comprende bien la dinámica y teme perderlos para siempre.  Sin
forzarlo, los padres pueden ayudar a que poco a poco se
familiarice con la persona extraña y acepte sus caricias e
interacciones, aunque no tan lejos de mamá ni de papá.

De esta cuenta, es tan importante que para dejar al bebé al
cuidado de alguien más cuando ambos padres necesitan
ausentarse, la transición sea gradual para que poco a poco vaya
estableciendo vínculos afectivos, es decir, encariñándose con
el/la nuevo/a encargado/a. De todas maneras, aunque acepte los
mimos y atenciones de alguien más, el amor que desarrolló por
sus padres es mucho más fuerte y le hace preferirlos en
situaciones de tensión, como cuando está cansado/a,
hambriento/a o enfermo/a.